viernes, 29 de octubre de 2010

Entro

¿Cómo se aborda semejante tarea? ¿Cómo se ejecuta una nueva versión de una pieza de orfebrería tan sobria y especial?

Matt Reeves, director de la notable “Monstruoso”, lo ha tenido claro. Para llevar a cabo la revisión de la novela “Déjame entrar” (llevada al cine por Thomas Alfredson en 2008) se ha rodeado de un equipo técnico de altura y ha insuflado un pulso narrativo que dista bastante de la frialdad de su predecesora. La gelidez de la original, es aquí sustituida por tonos cálidos, casi tanto como lo son sus personajes, con respecto a la cinta sueca. Y esto, es obviamente, una cuestión geográfica. Por más hermético que pueda ser Nuevo México, no lo será tanto como Suecia, y sus habitantes tampoco. Nos encontramos pues ante un híbrido americanizado en el más estricto sentido de la palabra, y no en el que la gran masa suele utilizar. No hay tiempos muertos en esta “Déjame entrar”, ni contemplaciones. Los planos generales, distantes y algo asépticos de la original, son aquí sustituidos por otros un tanto más efectistas pero igualmente eficaces. De esta forma, la cinta gana en visceralidad, e incluso sexualidad, un aspecto más desarrollado en esta nueva versión. Aquí, el joven Owen espía a sus vecinos al más puro estilo “ventana indiscreta”, sueña con tocar los pechos de la chica de enfrente (un recurso de personaje secundario aparentemente fácil, pero muy bien desarrollado) y en definitiva, el despertar sexual es mucho más explícito.

Además, el guión adaptado de Reeves, aporta más información respecto al pasado de Abby (la niña vampiro), así como al posible futuro de Owen.

Por su parte, la puesta en escena, que rompe continuamente la profundidad de campo y nos aporta primerisimos planos de sus protagonistas en contraste con los generales del lugar, dotan a la cinta de la cercanía ya mencionada, así como de un “alma” especial. Harina de otro costal es el uso de los efectos digitales, de los cuales se podrían haber prescindido perfectamente, aunque tampoco se cae en un abuso. Asímismo, la banda sonora nos sumerge en un universo mucho más terrorífico de lo esperado, lo que hace que la visión de Reeves se decante de nuevo por lo cruento en detrimento de lo lírico, como ocurría con Alfredson.

“Déjame entrar”, es probablemente, un remake innecesario, pero tiene apuntes realmente interesantes que lo convierten en probablemente uno de los mejores que yo haya visto. Ambientación ochentena, algo de trasfondo político y religioso, son las bazas de esta propuesta, que no se conforma con la fotocopia y nos ofrece un bonito marco del despertar sexual y amoroso de un joven que aprende a ser fuerte a base de golpes y mordiscos.

El demonio me "toma" de los pelos

En su momento, fui el primer defensor de “Paranormal activity”, un film que crea suspense de la nada, apelando básicamente a la sugestión y dosificación de los golpes de impacto. En él, se lograba un ritmo creciente que repartía la tensión de forma inteligente, y aún ante las incoherencias de cuando usar o no usar la cámara, y lo insoportable de su personaje protagonista masculino, era digna de admiración, precisamente por su sencillez.

En esta segunda parte, se prescinde del director original, Oren Peli, por Tod Williams, y el resultado, a mi entender es menos fresco y mucho más artificioso. Obviando, la ciertamente original, premisa, “Paranormal activity 2” tarda muchísimo más en empezar que su predecesora, y sus sustos (salvo un par muy bien realizados), no son más que una ampliación de lo mostrado en la primera parte. Tan solo en su último tramo (unos 20 minutos finales), la película remonta el vuelo pero nunca logra desde mi punto de vista alcanzar la frescura de la original. El uso de la multicámara, por su parte, es un gran acierto, pero las situaciones que se desencadenan a lo largo de la cinta resultan un tanto inverosímiles, y el discurso queda demasiado lastrado por la necesidad de enebrar la trama con la anterior cinta y por la repetición esquemática de los sustos de aquella. Yo, al menos, en ningún momento me creí que esto fuera real, aunque pensándolo bien, tampoco lo esperaba. Mejor dicho, en todo momento sentí que era mentira.

miércoles, 20 de octubre de 2010

El apocalipsis social, por David Fincher

Pocas cosas estoy leyendo acerca de la última y brillante maravilla de David Fincher (más contenido que nunca) por estos lares. Y es que, “La red social”, no es de facil digestión. Lo que en otras manos podría haber sido un “American Pie” informatizado, o incluso, siendo más generosos, un “Brick” de cine negro con ínfulas de género, se convierte en manos de Fincher, y sobre todo de Aaron Soorkin, en una lúcida disección de nuestros días. “La red social” deriva así en una oscura parábola del triunfo adolescente y sobre todo, un tema muy recurrente en Fincher, el existencial vacío que te deja la posesión completa de tus bienes materiales (en este caso, un emporio). Ya en “El club de la lucha” se incidía en la destrucción de lo material para la liberación, y lo que se nos muestra aquí es a un personaje esclavo de su insatisfacción. También aparecía este concepto en la infravalorada “La habitación del pánico”, una clara muestra de cómo, el desequilibrio de nuestros ámbitos estructurales, deriva en desequilibrios sociales y familiares. Por su parte, el dilema principal de Mark Zuckerberg es sencillo. Cuanto más dinero tiene, más tiene la sensación de que es un inadaptado (por mucho que un confesor personaje secundario) le diga lo contrario como colofón, en un plano final tan brutal, sencillo y desgarrador, que no puede ser más que el vaticinio de una oscura época de desintegración de la propia personalidad a través de los medios. Los personajes de la película, no viven en el mundo real, sino en una red virtual que ellos mismos controlan, y por tanto, controlan el mundo, invitando a aquellos que no querrían verlos ni en pintura a que formen parte de él.

Quizá lo más interesante de la película sea la concesión al diálogo, un chorretón de datos inacabable que exige una gran capacidad de asimilación por parte del espectador (discurso muy acorde con lo que es el propio Factbook), y sobre todo, un prodigioso montaje por comparación entre el mundo de exceso de los jóvenes, y el refugio antisocial que los protagonistas se crean, una realidad idealizada de aquel que no forman parte.

“La red social” es una película densa, pero no aburrida, con un ritmo endiablado y unas interpretaciones más que decentes, aderezada por una banda sonora metálica que te incluye en esta maraña de sentimientos encontrados y personajes tan autómatas como los propios ordenadores que manejan, donde el único con alma (Andrew Garfield), es relegado al fracaso.

Sin duda, otra muestra más de que Fincher es, sin atisbo de dudas, uno de los más importantes creadores generacionales de nuestro cine contemporáneo.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Híbridos fanta-cinematográficos

La carrera de Vincenzo Natali, es, para mi, una de las más irregulares del panorama cinematográfico actual. Después de deslumbrar a muchos (no fue mi caso) con “Cube”, una especie de fábula moralista, opresiva y con personajes de brocha gorda, sorprendió (este sí fue mi caso) con “Cypher”, un film que no contó con la etiqueta de “culto”, impuesta a su anterior obra por aquellos gafapastas de principios del nuevo milenio que vieron en ese sucedáneo de K. Dick con una deliciosa Lucy Liu, algo mucho más convencional de lo que cabría esperar.

No mentiría si dijese que esperaba ansioso el nuevo trabajo de Natali “Splice”, ya que los directores irregulares son mi devoción. Un cineasta en permanente reconstrucción y desarrollo, siempre es más estimulante que aquel que nunca intenta nada nuevo.

Y si en el anterior caso citado, Natali se dejaba influenciar por Dick, es ahora un autor mucho más contemporáneo del que toma reminiscencias, David Cronenberg. Consciente o inconscientemente, el autor de “Cube” ha logrado un híbrido (nunca mejor dicho) del primer Cronenberg, (aportando dosis inéditas de la “nueva carne”), los transitados terrenos de la ciencia ficción de laboratorio e incluso algún guiño a la ironía futurista de Verhoven (esa demostración pública de “apareamiento”), consiguiendo así un resultado que no gustará a todo el mundo. Curiosamente, para mi resulta más atractivo aquellos momentos de intimismo enfermizo y sexual de la segunda parte de la cinta donde Natali se encuentra al borde del ridículo en el tránsito de la niñez a la adolescencia del insecto Drem. Esto se debe al desarrollo de la psique sexual de todos los protagonistas de la cinta, los anhelos maternales y egocéntricos de Sarah Polley y el precio con el que paga sus frustraciones infantiles.

En el terreno técnico, la película cuenta con el sello inconfundible de su creador. Fotografía fría, angulaciones imposibles y un discurso excesivo pero atractivo que dotan a “Splice” de un poso interesante, extraño, pero para muchos, insuficientes.

domingo, 1 de agosto de 2010

El la morgue con la Ricci


¿Quién no ha elucubrado alguna vez con presenciar su propio funeral? Mentiríamos si dijésemos que no hemos pensado en quién iría a nuestro entierro. ¿Llorarían? ¿Nos echarían de menos?. No es precisamente esta la premisa de “After life”, sino algo mucho más interesante que por desgracia no es del todo explotado en la cinta. Anna (Christina Ricci), parece una muerta en vida, y aunque lo tiene todo, se siente triste y decepcionada. Tras tener un aparente accidente de tráfico en el que resulta muerta, Anna va a parar a la funeraria de Eliot Deacon (un Liam Nesson con piloto automático, y aún así decente en su rol), quien es capaz (según él) de hablar con los muertos. En este punto, la película se debate sobre una premisa muy interesante: ¿Es en realidad un don lo que este hombre poseé? ¿O él cree que la chica está muerta, y en su seguridad de que habla con los muertos, va a enterrarla viva?. Por desgracia, bajo una virtuosa dirección artística y de fotografía, unos bellísimos y estéticos encuadres de Christina Ricci como dios la trajo al mundo (que rozan la necrofilia), y un ritmo relativamente estable, la película estira una idea inicial que no sabe resolver, dando la sensación de que hubiese sido un excelente episodio de “Twlight Zone”. El problema, es que, aun con todos los giros que expone su argumento, el guión jamás acaba de rematar un desenlace satisfactorio, jugando a una ambigüedad final muy cercana a la serie B, con mala leche pero incoherente, y por lo tanto, la sensación de que todo está sacado de la manga. La sensación final, es que la temática expuesta, la metáfora y el contenido puramente nihilista está bien enfocado pero mal desarrollado.Yo me quedo con mi interpretación final (y creo que correcta y la más adecuada), para un film que hubiese dado en el clavo si hubiese sabido hilar las numerosas lagunas que va sembrando a lo largo de un guión con resolución más que cuestionable.

martes, 6 de abril de 2010

Echo de menos a Bubo

En su afán por convertir la falta de inventiva en potencial producto de consumo rehabilitador de franquicias de escaso futuro, a Hollywood le ha dado ahora por la mitología. Ya en “Piratas del Caribe: En el fin del mundo” (fallida tercera entrega de una trilogía que podría haber sido más digna de lo que resultó ser) se apuntaban reminiscencias de lo que la mitología podía dar de sí. Recuerdo ver a esa gigante Calypso y retrotraerme precisamente a “Furia de titanes”, una pieza de artesanía que vista hoy día sonrojaría al más cinéfago. Es ahora Louis Leterrier, perpretador de “El increible Hulk” (la infumable secuela con Edward Norton, no la incomprendida maravilla dirigida por Ang Lee) quien se encarga de sumarse a la moda de remakear a los Dioses del Olimpo (hace un mes escaso ya lo hizo Chris Columbus con Percy Jackson, en clave de comedieta infantil muy lejana de Harry Potter y bastante más infumable que ésta). Sam Worthintong es Perseo, y es que tras “Ávatar” y “Terminator Salvation” parece que le han colgado el san benito de héroe de acción. Acompañado de los antagonistas de “La lista de Shindler”, Liam Neeson (Zeus) y Ralph Fiennes (Hades), quienes no me queda muy claro por qué se sumaron al festival de diseño de vestuario cutrón y efectos digitales de última hora. La película al menos entretiene, pero está desprovista de ese componente mágico de la original (que vista con el tiempo, tampoco es ninguna maravilla), aunque quizá su falta de pretensiones sea su mayor baza. Si en la original, Harryhausen elaboraba admirables stop motions, aquí los efectos digitales se encuentran en un término medio entre lo realista y lo artificial, sin quedar del todo claro si es un homenaje al material primigenio o una falta completa de presupuesto, gusto y consideración estética. Muchos me tacharán de nazi audiovisual por esperar más de este entretenimiento pasajero que olvidas a la media hora, pero es que, la mitología es demasiado buen material para desperdiciarlo de esta manera y quedarse en lo superficial. El juego de la supremacía frente al hombre, quien sueña con jugar a ser Dios no está nada explotado, en detrimento de un guión endeble, con pasajes innecesariamente inflados que no pertenecen al filme original pero tampoco aportan nada nuevo (esos cheewacas/ Ewoks de madera…¿PORQUÉ?). Tan solo una simpática irreverencia estilística respecto a Pegaso, que juega a su vez con las falsas expectativas del espectador, destaca ante esta reinterpretación “pulp” donde los actores no están a la altura emocional necesaria y la mítica Andrómeda es atada ante el Kracken con cuerdas en lugar de cadenas. Y es que esté claro que estamos en crisis, sobre todo de ideas


Lo mejor, el cameo de Bubo


domingo, 21 de marzo de 2010

EL PROTECTOR

Estamos exigentes, eso nadie puede negarlo. Tras un año de cine español más que decente, tanto en cuanto a taquilla como respecto a calidad, los espectadores parece que vuelven a confiar poco a poco en el cine patrio. Anoche pude ver “El mal ajeno” en la sala de cine sita en uno de los centros comerciales más famosos de Murcia. Mentiría si dijese que estaba abarrotada, pero también lo haría si negase que estaba considerablemente más llena que hace un par de años por estas fechas con una película española de similar género (“Los cronocrímenes”, concretamente). Cierto es que el nombre de Alejandro Amenábar tira mucho, y el director se ha involucrado en este “El mal ajeno” como si de Spielberg en sus años mozos se tratase. Y es que, no se puede negar que la primera película de Oskar Santos tiene puntos en común con el cine de Amenábar, o más bien diría yo, con su forma de ver el cine. Para quien no lo sepa, Diego (Noriega) es un médico con nula empatía emocional que tras un accidente descubre que ha adquirido un extraño don, que finalmente acabará convirtiéndose en maldición. Poco más se puede contar sin contar demasiado. Es esta una historia que explota las necesidades de sus personajes a raíz de lo fantastico como excusa argumental, algo muy “amenabariano” o incluso también perteneciente a otro cineasta con el que creo que Santos se identifica más (concretamente M. Night Shyamalan). Y es que más allá de las similitudes argumentales con “El protegido”, todavía me estoy preguntando si una de las secuencias de la película donde Noriega se ve rodeado de pacientes enfermos a ritmo de una base electrónica-melódica con las mismas cadencias que la brillante partitura de Newton Howard para la peli de Shyami, es pura coincidencia, plagio u homenaje.

No obstante, quizá esa exigencia de la que antes hablaba se nota en la recepción que sobre todo la crítica está teniendo frente a este “Mal ajeno”. Para mi personalmente es una película muy encomiable, a la que posiblemente le sobra algo de metraje y alguna inconsistencia de guión (si bien Sánchez Arévalo consigue momentos muy buenos) como por ejemplo el cierre de la trama del personaje de Carlos, arrebatado, de poco sentido y, aunque sorprendente, algo inverosímil desde mi punto de vista, forzando una angustia (fruto de su “don”) para el personaje principal que ya había quedado clara en la secuencia anterior.

En otras, el talento de Santos brilla fulgurantemente (ese atropello) ofreciendo piezas sugestivas y realmente angustiosas. El reparto es muy correcto (Noriega está frio, pero no se hasta que punto es por el personaje o por él mismo), destacando a Luis Callejo o Cristina Plazas. Destaca también la frescura que aporta Clara Lago. Para los que no toleren a Belen Rueda, decir que apenas sale…

Técnicamente la película es notable y la lectura final, aunque previsible, es muy satisfactoria y redonda. Sinceramente no acabo de entender a la gente que se está cebando con un debut tan prometedor. Para mi tiene algún que otro escollo rítmico, pero lo más importante está ahí, y es el amor del director por la historia que cuenta, como se involucra y consigue así que también lo hagan los espectadores, que al fin y al cabo es el objetivo.