miércoles 11 de noviembre de 2009

MONZÓN SORPRENDE CON SU PELI MÁS REDONDA

Mentiría si no puntuase como sobresaliente la interpretación de Luis Tosar como “Malamadre” en el último film del cada vez más talentoso Daniel Monzón. Es más, dicha actuación se corona como una de las grandes del cine español de los últimos años, alcanzando un nivel icónico y siendo lo más importante de todo el film, siendo la figura en la que se sostiene el mismo. Así, Monzón abandona su discurso más ficcionado para adoptar uno más cercano al documental (o también a las series de televisión americanas, según como se mire). Esto es de lo más coherente, es más, no se podría haber realizado esta película de otra forma. La experiencia de visionar esta película resulta muy cercana a otra estrenada hace bien poquito, también relacionada con el mundo de la delincuencia, “Enemigos públicos” de Michael Mann. Pensareis que estoy loco, pero no me refiero al tema ni a la época, sino al discurso adoptado. La única diferencia es que Monzón se atreve a mostrarnos personajes frescos y con sentimientos, alcanzando un término medio que Mann no conseguía (si bien cabe reseñar que tampoco le importaba). De esta forma, el mayor logro de “Celda 211” es precisamente el entretenimiento basado en el suspense más realista que se veía en años, tratado sin concesiones artísticas ni estilísticas. La música de Roque Baños es apenas inapreciable, el tratamiento fotográfico es, en su mayoría, sucio, en ocasiones carente de ningún tipo de alma. Parece que los recursos de los que Daniel Monzón dispone para transmitir sensaciones han sido relegados al 100% a la interpretación de los personajes protagonistas (y en gran parte así es), a excepción del montaje, algo más falseado pero sin apuntes que nos haga apreciarlo. Estamos ante un portento cinematográfico con un lenguaje reducido a la mínima expresión, salvo por los movimientos de cámara. La fórmula funciona, aunque quizá estamos ante el producto perfecto para explotarla, y este discurso sea de un alcance limitado, única y exclusivamente a films de esta temática o categoría.

domingo 8 de noviembre de 2009

OSADA FICCIÓN SETENTERA

Creo que no me sentiría solo si dijese que soy uno de esos nostálgicos que agradecen la nostalgia que algunos títulos desprenden a pasadas modas cinematográficas donde la inocencia imperaba sobre el raciocinio y el pragmatismo de las post-modernas propuestas con las que nos bombardean hoy día. Y si por algo no funcionará “The box” entre el gran público (aparte de por alguna que otra laguna narrativa y su exceso de metraje), es precisamente por eso. El espectador actual tiene una pasmosa facilidad para hacer borrón y cuenta nueva en cuanto al discurso cinematográfico, y antiguas fórmulas, por desgracia, dejan de tener vigor hoy en día. No obstante, siempre quedarán creadores como Richard Kelly, que en su nueva propuesta (tras la decepcionante y pretenciosa “Southland tales”) nos ofrece un completo revival de momentos directamente extraidos de la “Twilight Zone”. Kelly se muestra osado en este nuevo trabajo (de temática conocida por todos los que estén leyendo estos) y es coherente con su discurso, ofreciendo un “look” y tratamiento artístico muy setentero en todos los departamentos de la cinta. Esto, al menos en mi caso, me hace levantar la mano a las carencias de “The box”, la historia de un matrimonio al que una desfigurada figura mefistofélica ofrece una cajita con el botón que les hará percibir un millón de dolares a cambio de que alguien que ellos no conocen, muera. Y es en el desconocimiento de las victimas donde Kelly plantea el mayor dilema de la sociedad del tiempo que relata (y también, por que no, el de hoy día), ¿a quien conocemos realmente?. El viaje de Cameron Diaz y James Mardsen es precisamente este, el de dos extraños espías en un ambiente consparanoíco híbrido de los mundos de Pakul, Polanski o Lynch, que no saben nada el uno del otro, pero trabajan para el mismo objetivo, descubrir qué esconde el siempre fascinante Frank Langella. La música de Arcade fire, es el vehículo perfecto para hacernos entrar en la atmósfera, y sin duda hay que reconocerle al director de “Donnie Darko” su capacidad para plantear cada plano de manera estudiada, sin demasiadas concesiones en las mejores partes del relato, donde predomina la sugerencia (lástima que en algunos momentos se le vaya la mano y la cosa chirríe en no pocos momentos). No obstante, está muy claro que nos encontramos ante una película de ciencia ficción, algo que no todos los espectadores tolerarán, mucho más cercana a los clásicos de los años 60 y 70 que a la actual ciencia ficción, quizá con demasiado porcentaje de ciencia y bien poco de ficción. Por lo tanto, la capacidad del joven director como para sugerir, y dejar cabos sueltos, deja patente que es más una marca de la casa ya patente en sus 3 cintas, más que una incapacidad coherente o estructural. Su capacidad de sugerencia, sigue pues, intacta, dejando que el espectador también tenga algo que decir al salir de la sala, al contrario que el 80% de directores actuales. Es valiente, y como todo el que arriesga, tiene un alto porcentaje de pérdidas a lo largo del camino, creando una confusión más que buscada que el espectador medio no aguanta. Es más, tan solo obtendrá ganancias con el tiempo, como ya le ocurrió con su primera e incomprendida obra, ahora tachada por todos como una “obra de culto”. Estoy seguro de que Richard Kelly podría hacer una película muchisimo más convencional. Pero no le da la gana, y yo que me alegro.

lunes 26 de octubre de 2009

500...y los que hagan falta

Sin duda, la mejor película que he visto esta semana ha sido “500 días juntos” (o dicho de forma más correcta “500 days of summer”, título que, si bien no se puede traducir al castellano con el significado que tiene en su acepción original, si que representa mejor a la película). Con un reparto en estado de gracia, una excelente banda sonora y un tono melancólico sin llegar a ser deprimente, la episódica película de Marc Webb, es el resultado de esas pocas ideas cotidianas llevadas con brillantez al discurso cinematográfico. Joseph Gordon Levitt y Zooey Deschanel están estupendos en sus roles (sobre todo él, todo hay que decirlo) y la puesta en escena y distribución de los episodios está resuelta de manera original y contrastada. También hay que advertir a aquellos que esperen una comedia romántica al uso, que se abstengan de ver esta película. El film no es otra cosa que la típica historia de amor contada de manera realista y más original de lo habitual. Pero ahí recae su gracia. Ahí y en la falta de pudor de sus responsables a la hora de caer en lo ñoño. El equilibrio entre lo bonito y lo angustioso esta realmente conseguida y la película se ve con una sonrisa de satisfacción en los labios. Se nota que el director tiene mucho cariño a sus personajes y consigue una película humana y cálida como pocas. No pasará demasiado tiempo hasta que sea encumbrada como una obra de culto entre los más cinéfilos, como ya pasaría con otras cintas sobre relaciones como “Persiguiendo a Amy” o “Alta fidelidad”, a las que esta supera en poderío visual y narrativa. Posee grandes hallazgos en dicho terreno, como el uso adecuado de las pantallas partidas como hace mucho tiempo que no se veía, los dibujos animados y el musical (tronchante secuencia post-coital). En definitiva, que la única pega que se puede encontrar a “500 días juntos” es su estructura episódica, lo que puede hacer falla el conjunto o que carezca de la fluidez necesaria. No obstante, una estupenda elección de buen cine para esta semana.



GILLIAM VUELVE A LAS ANDADAS


Y seguimos criticando todo lo criticable, en este caso, el último trabajo del irregular pero impertérrito Terri Gilliam. Lo de este tío no tiene nombre. Después de pasarlas canutas con “El hombre que mató a Don Quijote” y llevarse palos hasta en el carné de identidad tras “El secreto de los Hermanos grima” y “Tideland”, vuelve a demostrar que es cabezón como pocos y levanta una de sus películas más personales, directamente relacionada con un antiguo fiasco dirigido también por él, “Las aventuras del Barón Monchausen”. Por todo ello, Gilliam merece mi más sincera admiración. No hay algo que más me emocione hoy en día que los artistas con ideas claras, más allá de lo irregular de sus resultados. Es más, el que sean tan cabezones parece directamente relacionado a que sus obras, en una gran mayoría, no tengan ni pies ni cabeza. Y esto, también se aprecia en “El imaginario del doctor Parnassus”, donde el que fuera componente del grupo Monty Python despliega su imaginación de manera desorbitada, ridícula en ocasiones, pero siempre de manera creativa. Conocida es el incidente que condicionó el rodaje de la película, la muerte de Heath Ledger, lo cual no paró al demente de Terri para finalizarla y luchar hasta el final para conseguir su distribución. Es más, la solución de dicha muerte ha llevado a que la película sea comercialmente más “vendible”, gracias a la colaboración desinteresada de actores de tirón, especialmente Johnny Depp, que hay que decirlo, sale apenas 3 minutos (ni más ni menos). Llegados a este punto, y conociendo la tendencia del director (que aquí más que nunca es “autor”) al más que desorbitado disparate, cabe preguntárse qué es criticable y qué no de este Parnassus, ya que el desequilibrio es para mi marca de la casa. Repleta de anti – climax, secuencias innecesariamente largas, aportaciones surrealistas pero ridículas, y rozando a ratos la vergüenza ajena, el espectáculo montado por el alter ego de Gilliam, el Parnassus interpretado por Christopher Plummer, con claras referencias a figuras bíblicas como el propio Jesucristo, no sería más que un Mesías que ha sucumbido (y sigue sucumbiendo) a las propuestas de un demonio entre lo fascinante y lo absurdo, un Tom Waitts encarnando a un cliché con patas. Dicha apuesta debe culminar con el secuestro de la hija de Parnassus (sugestiva Lily Cole), lo que deriva en la subtrama más bonita de todo el conjunto, la madurez de su hija por encima de la inmadurez de su propio padre, perdido, borracho y desencantado en un mundo que ya no quiere oir historias. Esto otorga al conjunto un discurso plenamente idealista, muy propio de Terri Gilliam, un creador al que se le pueden achacar muchas cosas, pero también se le deben reconocer otras tantas. Entre ellas, aparte de su poderoso estilo visual, está la pureza de su cometido y la vitalidad, emoción e importancia con que impregna cada uno de sus virtuosos planos.
Y seguimos criticando todo lo criticable, en este caso, el último trabajo del irregular pero impertérrito Terri Gilliam. Lo de este tío no tiene nombre. Después de pasarlas canutas con “El hombre que mató a Don Quijote” y llevarse palos hasta en el carné de identidad tras “El secreto de los Hermanos grima” y “Tideland”, vuelve a demostrar que es cabezón como pocos y levanta una de sus películas más personales, directamente relacionada con un antiguo fiasco dirigido también por él, “Las aventuras del Barón Monchausen”. Por todo ello, Gilliam merece mi más sincera admiración. No hay algo que más me emocione hoy en día que los artistas con ideas claras, más allá de lo irregular de sus resultados. Es más, el que sean tan cabezones parece directamente relacionado a que sus obras, en una gran mayoría, no tengan ni pies ni cabeza. Y esto, también se aprecia en “El imaginario del doctor Parnassus”, donde el que fuera componente del grupo Monty Python despliega su imaginación de manera desorbitada, ridícula en ocasiones, pero siempre de manera creativa. Conocida es el incidente que condicionó el rodaje de la película, la muerte de Heath Ledger, lo cual no paró al demente de Terri para finalizarla y luchar hasta el final para conseguir su distribución. Es más, la solución de dicha muerte ha llevado a que la película sea comercialmente más “vendible”, gracias a la colaboración desinteresada de actores de tirón, especialmente Johnny Depp, que hay que decirlo, sale apenas 3 minutos (ni más ni menos). Llegados a este punto, y conociendo la tendencia del director (que aquí más que nunca es “autor”) al más que desorbitado disparate, cabe preguntárse qué es criticable y qué no de este Parnassus, ya que el desequilibrio es para mi marca de la casa. Repleta de anti – climax, secuencias innecesariamente largas, aportaciones surrealistas pero ridículas, y rozando a ratos la vergüenza ajena, el espectáculo montado por el alter ego de Gilliam, el Parnassus interpretado por Christopher Plummer, con claras referencias a figuras bíblicas como el propio Jesucristo, no sería más que un Mesías que ha sucumbido (y sigue sucumbiendo) a las propuestas de un demonio entre lo fascinante y lo absurdo, un Tom Waitts encarnando a un cliché con patas. Dicha apuesta debe culminar con el secuestro de la hija de Parnassus (sugestiva Lily Cole), lo que deriva en la subtrama más bonita de todo el conjunto, la madurez de su hija por encima de la inmadurez de su propio padre, perdido, borracho y desencantado en un mundo que ya no quiere oir historias. Esto otorga al conjunto un discurso plenamente idealista, muy propio de Terri Gilliam, un creador al que se le pueden achacar muchas cosas, pero también se le deben reconocer otras tantas. Entre ellas, aparte de su poderoso estilo visual, está la pureza de su cometido y la vitalidad, emoción e importancia con que impregna cada uno de sus virtuosos planos.

"PEQUEÑITA" y muy matona


Fin de semana cinematográficamente productivo, sin lugar a dudas. Eran varios los estrenos que tenía pendientes, así como los más nuevos por los que tenía, como mínimo, algún interés, así que allá voy con el primero.
Intentando ir un poco más lejos con el trillado tema de los “niños psicópatas”, el catalán sabiamente afincado al otro lado del charco, Jaume Collet- Serra nos propone en “La huérfana” otra vuelta de tuerca a este subgénero. No eran pocos los precedentes que tenía, desde “La profecía”, pasando por “El buen hijo” o la más reciente “Joshua” (curiosamente también interpretada por Vera Farmiga, una actriz todoterreno que se está ganando a pulso el ser una de las mejores de su generación). Aún así, Collet- Serra demuestra buen oficio, y aunque el guión está cogido con pinzas durante casi el 70% del metraje (hay acciones bochornosas desde el punto de vista justificativo de guión, como por ejemplo, la forma en que Esther le quita a su hermana el audífono), consigue dotar de ritmo y personalidad las 2 horacas de metraje, que solo adolecen al conjunto en el último cuarto de hora, de lejos, lo más topicazo de toda la película. Y es que, combinando el drama familiar, una dirección llena de guiños al espectador aficionado, y unas interpretaciones bastante correctas, “La huérfana” no acaba de naufragar por su farragoso viaje gracias a un giro de última hora que hace replantearte el conjunto. Y funciona. A ratos es ridículo, delirante, excesivo…pero funciona. Quizá es el ansia de los fans del terror por nuevas propuestas, quizá el agotamiento de viejas fórmulas, pero el caso es que la “pequeña” Esther, interpretada de forma bastante coherente por Isabelle Fuhrman, es una de las “psico-niñas” que más papeletas tiene para pervivir en el imaginario colectivo del género desde hace bastante tiempo.

lunes 19 de octubre de 2009

TRAILER DE "GREYLAND"

Bueno, sin muchos comentarios más, aqui os dejo el trailer de mi último corto que se estrenará en 2010 (a principios, espero). A ver qué os parece.

"GREYLAND". TRAILER from Ruben Bautista on Vimeo.

lunes 12 de octubre de 2009

INTIMISMO ASTRONÓMICO

Si existe una evolución autoral que me fascina dentro del panorama cinematográfico mundial (donde recordemos que se incluye el español), esa es la de Alejandro Amenábar. Lejos de encasillarse en el género del suspense que le dio sus mayores éxitos, el cineasta español ha evolucionado hacia terrenos que muchos consideraríamos insospechados, pero el contenido autoral sigue intacto. Y es que, aunque para muchos, Amenábar carezca de personalidad (según algunos porque copia, y según muchos otros ni tan siquiera eso), sus estilemas de autor se vislumbran en la temática y no en la puesta en escena, casi siempre, por otro lado, reducida cada vez más a la mínima expresión. Precisamente en “Ágora”, Amenabar se salta aquello que le caracterizaba, el ser demasiado correcto estilísticamente y dejarse llevar algo más, sobre todo en el terreno de los movimientos de cámara, mucho más desenfrenados e imperfectos que en sus anteriores trabajos, de forma plenamente justificada. El discurso de “Ágora” va desde la completa armonía hasta el caos más absoluto dependiendo de los personajes que se encuentren en el plano, y todos los elementos formales están al servicio de la historia y las sensaciones que se quieren mostrar, algo que Amenábar siempre ha cuidado mucho más de lo que la gente antes citada cree.

Por otra parte, el riesgo también se respira en la historia que se cuenta, y dicho riesgo tiene dos vertientes, la primera es social, y la segunda, abiertamente “lúdica” por llamarla de algún modo. Desde “Los Otros”, la religión ha jugado un importante papel en el cine de Amenábar, y no precisamente para vanagloriarla. “Mar adentro” se convirtió por su parte en diana de los sectores más conservadores, aquellos para los que “Los Otros” era demasiado sutil como para advertir el claro mensaja anti-fundamentalista que ya apuntaba Amenábar en la historia de Grace y sus niños. Y esos mismos pondrán el grito en el cielo con “Ágora”, una cinta donde los Cristianos no salen nada bien parados. Al igual que por otra parte, tampoco lo hacen los judíos, ni los paganos…pero eso es otra historia. La de la película que nos ocupa es, como todos sabeis de sobra y no repetiré aquí, la de la filósofa Hypatia, interpretada brillante y sutilmente por Rachel Weisz. En cuanto a la parte lúdica de la misma, que antes citaba, es donde radica el mayor problema.


No estamos ante “Gladiator”, ni falta que hace, pero el publico tal vez es lo que espere. Pero tampoco nos engañemos, los trailers no llevan a confusión. Nos encontramos ante una historia apasionante de pasión versus razón, en el sentido más estricto de la palabra. Los personajes que pueblan la cinta son gente perdida entre las distintas creencias que se plantean, están quienes se cuestionan y quienes luchan por un ideal que ni tan siquiera entienden o entienden a su (inmoral) manera. Y luego está Hypatia, el personaje que lleva el peso del “Mcguffin” de la película. Un McGuffin astronómico (nunca mejor dicho), que no tengo muy claro que los espectadores vayan a seguir con la misma pasión que le pone el cineasta. Y es que partimos de algo de sobra conocido, y actualmente los espectadores tampoco tienen ganas de preguntarse nada. Es una lástima, ya que, junto con algún bajón de ritmo poco acusado es la única pega que le veo a esta “Ágora”, una película monumental, emotiva cuando debe serlo, fría cuando lo exige el momento y sobre todo el personaje, y sobre todo, bastante honesta. Una de esas raras veces donde el cineasta es lo suficientemente inteligente para ponerse en la piel de personajes extremos sin que parezcan, en su mayoría, caricaturas. Una muestra de serenidad, argumentos plurales y documentados, y espectáculo. Esperemos que el público, cristianos o no, sepan verla con la perspectiva necesaria. Desde las estrellas.