
Y seguimos criticando todo lo criticable, en este caso, el último trabajo del irregular pero impertérrito Terri Gilliam. Lo de este tío no tiene nombre. Después de pasarlas canutas con “El hombre que mató a Don Quijote” y llevarse palos hasta en el carné de identidad tras “El secreto de los Hermanos grima” y “Tideland”, vuelve a demostrar que es cabezón como pocos y levanta una de sus películas más personales, directamente relacionada con un antiguo fiasco dirigido también por él, “Las aventuras del Barón Monchausen”. Por todo ello, Gilliam merece mi más sincera admiración. No hay algo que más me emocione hoy en día que los artistas con ideas claras, más allá de lo irregular de sus resultados. Es más, el que sean tan cabezones parece directamente relacionado a que sus obras, en una gran mayoría, no tengan ni pies ni cabeza. Y esto, también se aprecia en “El imaginario del doctor Parnassus”, donde el que fuera componente del grupo Monty Python despliega su imaginación de manera desorbitada, ridícula en ocasiones, pero siempre de manera creativa. Conocida es el incidente que condicionó el rodaje de la película, la muerte de Heath Ledger, lo cual no paró al demente de Terri para finalizarla y luchar hasta el final para conseguir su distribución. Es más, la solución de dicha muerte ha llevado a que la película sea comercialmente más “vendible”, gracias a la colaboración desinteresada de actores de tirón, especialmente Johnny Depp, que hay que decirlo, sale apenas 3 minutos (ni más ni menos). Llegados a este punto, y conociendo la tendencia del director (que aquí más que nunca es “autor”) al más que desorbitado disparate, cabe preguntárse qué es criticable y qué no de este Parnassus, ya que el desequilibrio es para mi marca de la casa. Repleta de anti – climax, secuencias innecesariamente largas, aportaciones surrealistas pero ridículas, y rozando a ratos la vergüenza ajena, el espectáculo montado por el alter ego de Gilliam, el Parnassus interpretado por Christopher Plummer, con claras referencias a figuras bíblicas como el propio Jesucristo, no sería más que un Mesías que ha sucumbido (y sigue sucumbiendo) a las propuestas de un demonio entre lo fascinante y lo absurdo, un Tom Waitts encarnando a un cliché con patas. Dicha apuesta debe culminar con el secuestro de la hija de Parnassus (sugestiva Lily Cole), lo que deriva en la subtrama más bonita de todo el conjunto, la madurez de su hija por encima de la inmadurez de su propio padre, perdido, borracho y desencantado en un mundo que ya no quiere oir historias. Esto otorga al conjunto un discurso plenamente idealista, muy propio de Terri Gilliam, un creador al que se le pueden achacar muchas cosas, pero también se le deben reconocer otras tantas. Entre ellas, aparte de su poderoso estilo visual, está la pureza de su cometido y la vitalidad, emoción e importancia con que impregna cada uno de sus virtuosos planos.
Y seguimos criticando todo lo criticable, en este caso, el último trabajo del irregular pero impertérrito Terri Gilliam. Lo de este tío no tiene nombre. Después de pasarlas canutas con “El hombre que mató a Don Quijote” y llevarse palos hasta en el carné de identidad tras “El secreto de los Hermanos grima” y “Tideland”, vuelve a demostrar que es cabezón como pocos y levanta una de sus películas más personales, directamente relacionada con un antiguo fiasco dirigido también por él, “Las aventuras del Barón Monchausen”. Por todo ello, Gilliam merece mi más sincera admiración. No hay algo que más me emocione hoy en día que los artistas con ideas claras, más allá de lo irregular de sus resultados. Es más, el que sean tan cabezones parece directamente relacionado a que sus obras, en una gran mayoría, no tengan ni pies ni cabeza. Y esto, también se aprecia en “El imaginario del doctor Parnassus”, donde el que fuera componente del grupo Monty Python despliega su imaginación de manera desorbitada, ridícula en ocasiones, pero siempre de manera creativa. Conocida es el incidente que condicionó el rodaje de la película, la muerte de Heath Ledger, lo cual no paró al demente de Terri para finalizarla y luchar hasta el final para conseguir su distribución. Es más, la solución de dicha muerte ha llevado a que la película sea comercialmente más “vendible”, gracias a la colaboración desinteresada de actores de tirón, especialmente Johnny Depp, que hay que decirlo, sale apenas 3 minutos (ni más ni menos). Llegados a este punto, y conociendo la tendencia del director (que aquí más que nunca es “autor”) al más que desorbitado disparate, cabe preguntárse qué es criticable y qué no de este Parnassus, ya que el desequilibrio es para mi marca de la casa. Repleta de anti – climax, secuencias innecesariamente largas, aportaciones surrealistas pero ridículas, y rozando a ratos la vergüenza ajena, el espectáculo montado por el alter ego de Gilliam, el Parnassus interpretado por Christopher Plummer, con claras referencias a figuras bíblicas como el propio Jesucristo, no sería más que un Mesías que ha sucumbido (y sigue sucumbiendo) a las propuestas de un demonio entre lo fascinante y lo absurdo, un Tom Waitts encarnando a un cliché con patas. Dicha apuesta debe culminar con el secuestro de la hija de Parnassus (sugestiva Lily Cole), lo que deriva en la subtrama más bonita de todo el conjunto, la madurez de su hija por encima de la inmadurez de su propio padre, perdido, borracho y desencantado en un mundo que ya no quiere oir historias. Esto otorga al conjunto un discurso plenamente idealista, muy propio de Terri Gilliam, un creador al que se le pueden achacar muchas cosas, pero también se le deben reconocer otras tantas. Entre ellas, aparte de su poderoso estilo visual, está la pureza de su cometido y la vitalidad, emoción e importancia con que impregna cada uno de sus virtuosos planos.