¿Cómo se aborda semejante tarea? ¿Cómo se ejecuta una nueva versión de una pieza de orfebrería tan sobria y especial?
Matt Reeves, director de la notable “Monstruoso”, lo ha tenido claro. Para llevar a cabo la revisión de la novela “Déjame entrar” (llevada al cine por Thomas Alfredson en 2008) se ha rodeado de un equipo técnico de altura y ha insuflado un pulso narrativo que dista bastante de la frialdad de su predecesora. La gelidez de la original, es aquí sustituida por tonos cálidos, casi tanto como lo son sus personajes, con respecto a la cinta sueca. Y esto, es obviamente, una cuestión geográfica. Por más hermético que pueda ser Nuevo México, no lo será tanto como Suecia, y sus habitantes tampoco. Nos encontramos pues ante un híbrido americanizado en el más estricto sentido de la palabra, y no en el que la gran masa suele utilizar. No hay tiempos muertos en esta “Déjame entrar”, ni contemplaciones. Los planos generales, distantes y algo asépticos de la original, son aquí sustituidos por otros un tanto más efectistas pero igualmente eficaces. De esta forma, la cinta gana en visceralidad, e incluso sexualidad, un aspecto más desarrollado en esta nueva versión. Aquí, el joven Owen espía a sus vecinos al más puro estilo “ventana indiscreta”, sueña con tocar los pechos de la chica de enfrente (un recurso de personaje secundario aparentemente fácil, pero muy bien desarrollado) y en definitiva, el despertar sexual es mucho más explícito.
Además, el guión adaptado de Reeves, aporta más información respecto al pasado de Abby (la niña vampiro), así como al posible futuro de Owen.
Por su parte, la puesta en escena, que rompe continuamente la profundidad de campo y nos aporta primerisimos planos de sus protagonistas en contraste con los generales del lugar, dotan a la cinta de la cercanía ya mencionada, así como de un “alma” especial. Harina de otro costal es el uso de los efectos digitales, de los cuales se podrían haber prescindido perfectamente, aunque tampoco se cae en un abuso. Asímismo, la banda sonora nos sumerge en un universo mucho más terrorífico de lo esperado, lo que hace que la visión de Reeves se decante de nuevo por lo cruento en detrimento de lo lírico, como ocurría con Alfredson.
“Déjame entrar”, es probablemente, un remake innecesario, pero tiene apuntes realmente interesantes que lo convierten en probablemente uno de los mejores que yo haya visto. Ambientación ochentena, algo de trasfondo político y religioso, son las bazas de esta propuesta, que no se conforma con la fotocopia y nos ofrece un bonito marco del despertar sexual y amoroso de un joven que aprende a ser fuerte a base de golpes y mordiscos.







